jueves, 10 de mayo de 2018

El vínculo terapéutico

Me había prometido a mi mismo que no iba a hablar de este tema. Pero a veces también es parte del neuropsicólogo (y de cualquier profesional, supongo) saber decir adiós.

Acababa de hablar con el hijo de una mujer a la que llevo tratando, junto con mis compañeras,  dos años. La conocí en la misma cama del hospital, rapada, en una cama toda llena de tubos, con una horrenda traqueotomía... Juntos, todos, habíamos emprendido un camino de superación. Su camino había empezado con sus hijos empujando la silla de ruedas. Y continuó con ella andando, poco a poco, con su bastón. Y ahí seguía intentado volver a hablar. Lo iba logrando poco a poco, pero de forma muy automática, ya que en general, no lograba emitir nada comprensible. Acababa de hablar con su hijo, como digo, y entré en la consulta, donde estaba con una compañera mía acabando la sesión.

- Hola! ¿tenéis un momento? - dije mientras avanzaba por la sala. Ella permanecía en su silla de ruedas, frente a mi compañera. Fui a coger una silla para sentarme, y volví a hacer lo que siempre hacía. Ser puñetero - Me voy sentar  a tu derecha, que se que te cuesta mirar para acá -. Ella sonrió y se giró para mirarme. En un balbuceo difícil de entender, y con su eterna sonrisa, señalo mi jersey indicando algo así como un "¿Qué haces sin uniforme?". Por desgracia, lo iba a saber en los siguientes segundos. Cogí su mano izquierda, la no hemipléjica.

- Me han despedido - le dije - pero de verdad, no te preocupes por mi, porque voy a estar bien, pero quería despedirme de ti y decirte que tu también vas a estar genial -. Brusco. No te enseñan en la facultad a despedirte de un paciente con el que tienes un vínculo tan profundo. Pero bueno, tenía Afasia Global, era posible que no me hubiera entendido y menos que pudiera emitir un mensaje inteligible. Sin embargo, me entendió. No creo que me olvide nunca de como le cambió el gesto.

- ¿Pero por qué? - dijo mientras rompía a llorar. Vuelvo a incidir en que esta paciente rara vez tiene un habla comprensible. Rara vez entiende. Pero se la entendió perfectamente.

- No te preocupes le dije -. ¡y me dije!, porque yo debía mostrar que todo iba bien. Se lo llevo diciendo a familias y familias desde hace años, "aguantad, mostrad que todo va bien para animar a vuestro familiar". Pero entonces yo mismo me di cuenta de lo difícil que era. Comencé a llorar - Todo va a ir bien, de verdad -. Ella seguía llorando. Y yo, también.

- No puede ser, no puede ser - dijo con una voz tan clara, tan entendible...habría matado porque hablara así durante las incontables sesiones de terapia que llevaba trabajada con ella estos años - ¿Qué vas a hacer? No puede ser - siguió insistiendo. Simplemente, ambos lloramos. Intenté calmarla, pero ya era imposible. También era imposible calmarme yo mismo. Todo el plan acababa de saltar por los aires. Supongo que entonces, me di cuenta del tremendo vínculo que se había establecido entre ella y yo. Y me dije: No voy a despedirme de ningún paciente más. No puedo hacerles pasar por esto. La economía, las empresas, todas esas cosas, no entienden estos sentimientos. Pero detrás de los números, hay personas.

Crear la confianza

Recuerdo perfectamente cuando intento explicar a mis alumnos lo que significa ser neuropsicólogo. Siempre hablo de todos los pasos necesarios para poder hacer un trabajo terapéutico coherente. La valoración, el informe, y los objetivos de rehabilitación. Un alumno debe salir de sus prácticas sabiendo como hacer el trabajo de manera independiente y completa. Pero nunca hablo de crear un vínculo. No está en ninguna asignatura, y no se puede enseñar. Simplemente, hay quien sabe, y hay quien no.

En mi cabeza resuenan frases que he oído estos cuatros años, como "vamos a hacer lo que tu nos digas" o como "eres la única persona que no me trata como si fuera tonta". Y siempre, cuando tengo un alumno delante me olvido completamente de la importancia de crear esa confianza. Una persona que ha sufrido un daño cerebral en general, y concrétamente una Afasia, necesita que le traten como lo que es: Como a una persona. Y eso, no está al alcance de todo el mundo.

Podemos sabernos todos los modelos teóricos de este mundo. Podemos saber detectar señales imperceptibles en una neuroimagen de que algo va mal. Podemos hartarnos de dar ponencias una y otra vez. Pero eso no nos hace mejores profesionales o no, al menos, personas adecuadas para realizar algo tan duro como una rehabilitación. Si ya cuesta que un máster nos enseñe el "qué" tenemos que hacer, más cuesta el "cómo" lo tenemos que hacer. La palabra "paciente" está tan vacía cuando se nombra que es bastante difícil que alguien que se está formando entienda lo que podemos llegar a significar para ellos. En resumen de este primer punto: No se trata de ponerse delante de un paciente con daño cerebral a hacer ejercicios que le pueden venir bien. Se trata de ponerse delante de una persona que necesita ayuda (y mucha) y demostrarle que nosotros entendemos lo que le pasa. De otra manera, es difícil que pueda creerse que podemos ayudarla.

Lo podría hacer cualquiera

Cuando alguien que tiene un daño cerebral (y para variar,me centro en la Afasia) nos ve por primera vez, somos un extraño, con una bata blanca o un pijama (da igual lo bonito que sea). Y lo más probable, es que le demos miedo. No sabe que le vamos a hacer, no sabe que le vamos a pedir, va a tener que mostrar en muchos casos las dificultades que tiene y que en muchos casos intenta ocultar. ¿No os pasa que la mayoría de las veces van arrastrados a la consulta por un familiar o un amigo?. Por desgracia, rara vez somos los primeros profesionales que les vemos. Y aunque me crucifiquen por decir esto, rara vez vienen antes de haber pasado por un sistema público sanitario tan frío, tan corto de tiempo y de recursos que, lo que esperan, es encontrar exactamente eso. Gente con bata blanca que tiene tanta prisa por saber lo que tienes que rara vez se paran a preguntar algo sobre "quién lo tiene". 

Sabemos que tenemos las herramientas para ayudar a alguien con un daño cerebral, pero también debemos saber como transmitirlo. Y de nuevo, eso no está en ningún libro. Los neuropsicólogos somos actores que nadie esperaba tener en la historia que es su vida. Y aun menos, de los que nadie esperaba depender para que su historia vuelva a ser lo que era. Como cualquier cambio de guión, lo mínimo que se debe esperar de nosotros es que, como artistas no invitados, seamos capaces de ganarnos el derecho de participar en la función. 

Y eso, desde fuera, es difícil de entender. Conforme más vamos trabajando, más vamos creando ese vínculo, más distancia está entre lo que la gente externa percibe y lo que se ha denominado habitualmente como "relación terapéutica". Y por eso, hay gente que cree que un terapeuta puede reemplazarse fácilmente por cualquier otro. Que sale gratis.

Arrebatar algo más

No hace falta ser un lince para saber que una persona que tiene un daño cerebral ha perdido cosas con las que muchos no nos podemos imaginar que se pueda estar. El lenguaje, la memoria, el propio control de uno mismo. La familia se encuentra con una realidad nueva, con incertidumbre de que va a ocurrir  y muchas veces desorientados. Y cuando dan con un terapeuta en condiciones, que logra explicar que ha pasado, que está pasando y que es lo que puede pasar, logran a veces reducir esa incertidumbre. Como un faro que alumbra a un barco en una tormenta, apagar esa luz es volverlos a dejar en la incertidumbre.

Es por eso que, en el momento de tener que decir adiós, sea por las causas que sean, se debe de orientar a esa persona y a esa familia para que vean que, aunque la persona de confianza no estará presente, sigue habiendo un camino y las condiciones para llevarlo a cabo. Cuando esto no se hace, o no se permite hacer, se les está arrebatando algo más a personas que ya han perdido bastantes cosas. 

Tal vez, como decía, deberían enseñarnos en la carrera o en los másteres generales sanitarios menos gilipolleces y más herramientas para saber como empezar a crear una alianza terapéutica, una confianza para empezar a luchar y también, enseñarnos a como reorientar toda esa alianza cuando circunstancias externas nos impiden seguir con el trabajo que estábamos haciendo. Eso no quita que, destrozar un proceso de rehabilitación de un día para otro sea algo imperdonable. Ni siquiera la ignorancia puede justificar eso. 

PD: Este post no tiene fotos. Y tendrá mil erratas. Es lo que tiene escribir cabreado de corrido.

PD2: la verdad que este post tiene ya unos cuantos meses, pero venía muy a colación de ese detalle de la alianza terapeútica y los aspectos psicológicos que había hablado anteriormente. Es una historia más de las muchas que pasan en nuestro mundo.

2 comentarios:

Jahir Roman dijo...

Es algo que se habla como chisme dentro de la Facultad y nunca como algo serio. Muy buena reflexión.

ISABEL PSICOLOGA dijo...

Magnífico. Somos personas que ayudamos a personas. Que no se nos olvide. Los instrumentos nos ayudan a saber como podemos ayudarlos